..... Empezó a escribir a los siete años y, desde entonces, jamás ha
dejado de hacerlo. Al terminar la enseñanza media, dudaba entre seguir
filosofía, literatura o mecánica. Optó finalmente por literatura,
elección de la cual no se arrepiente ya que su vida gira en torno a
ella. Tanto porque escribe como porque dirige un taller literario y se
dedica a una labor de difusión de las letras a través del sello Ergo
Sum. Este sello agrupa a varios escritores que han editado cuentos y
poemas en ropajes imaginativos. Pia Barros atesora los productos de esta
empresa en un archivador poco ortodoxo: una maleta de ochenta por
cincuenta centimetros. No ganan un peso, pero se entretienen a morir y
han realizado publicaciones que, por cierto, una editorial formal no
acometería, como es la publicación de unos cuentos "gay". La mayoría de
las asistentes a su taller son mujeres que sienten especial admiración
por esta escritora,que las ayuda a vencer muchos de sus fantasmas.
Feminista a rostro descubierto, Pía Barros afirma de un modo rotundo:
"Jamás seré una geisha". Su feminismo la ha llevado -de modo no
deliberado, por cierto- a tener sólo hijas: Abril y Miranda, de cinco y
dos años. Casada con el poeta Jorge Montealegre, ha publicado dos
libros: "Miedos transitorios" y "A horcajadas". Este
último fue lanzado hace una semana por la Editorial Mosquito y ya ha
convulsionado el ambiente literario por su contenido erótico y una
belleza poco frecuente en nuestra narrativa.
-Para
muchos sus cuentos son eróticos. Yo discrepo pues pienso que el tema
central de los mismos es la soledad. ¿Cuál es su opinión al
respecto?
-Tal vez haya algo de patético en la visión de dos
cuerpos desnudos buscándose, intentando una comunicación utópica a
través del eros. La soledad es un tatuaje feroz en el cuerpo de las
mujeres. Entendemos al otro, porque fuimos capaces de concebirlo, pero
el otro es un sujeto que tiene prefiguraciones de nosotras, no la
realidad, el que nos hace jugar un juego de sucesivas máscaras, el que
nos produce el horror de pensar en la posibilidad de que si nos
desnudáramos de todas las máscaras-mentiras que nos visten, tal vez no
quede nada para mostrar. La soledad de nuestros cuerpos es más evidente
que el desamparo erótico.
-Piensa
usted que en literatura pueda darse una óptica especificamente
femenina?
-No creo que pueda sostenerse por mucho tiempo más el
eslogan del sistema patriarcal "la literatura es una sola", y la
escritura de mujeres está dando muestras de esto. Es ridículo desconocer
que todo está atravesado por la marca sexual. Mi cuerpo envuelve cada
texto, mi sexo lo hace de un modo y no quiero escribir desde la
endrogenia, sino desde la maravilla de descubrirme mujer,
contradictoria, equívoca, múltiple. A los hombres no se les pide que se
quiten las gónadas para escribir, pero a nosotras se nos pide que
omitamos nuestra marca sexual. Creo también que hay otro modo de ver,
otras prioridades, como diría la Castellanos "Otro modo de ser humano y
libre, otro modo de ser".
-En sus
cuentos existe un alto ingrediente poético. ¿Escribe también
poesía?
-No, escribo prosa, pero ya no hay una escisión clara
entre los géneros. También está la intención de respetar mi lenguaje
interno, que es metafórico, cifrado algunas veces, como el de las
mujeres cuando se dejan fluir. Mi percepción del entorno está marcada
por la sensualidad, y pienso en la piel de la mañana y no en el día a
secas, y pongo frenos a ese entorno, a esa alienación interactuada entre
lo cotidiano y lo onírico.
-¿Cuáles
son las escritoras que más admira y por qué?
-Rosario Castellanos,
por su fuerza, su sarcasmo, su modo de mirar; Marguerite Duras, por el
deseo como motor del todo (me identifica su motivo); la Poniatowska, por
su contenido metafórico; Luisa alenzuela por su multiplicidad y
rupturismo; Ana Lydia Vega por su desparpajo... son muchas y a todas las
admiro, pero la Castellanos me produce muchas cosas. Seguiría una larga
lista de poetas, que van desde la Dickinson hasta la Soledad Fariña,
Teresa Calderón, Kyra Galván, Susana March y muchas otras, porque leo más
poesía que prosa.
en La Tercera, Santiago,
17 de junio 1990