..... Lame mis rodillas,
devocióname, los muslos, lengua a lengua, lame mi pubis aguardante,
sométete, succióname, lame mi deseo y el dolor, asciende por mi vientre,
sube, estremece tu piel al roce de la mía, abrázame, muerde mis hombros
y tiembla, deja que te invada el temor, la ansiedad, reconoce la huella
secreta de los poros, anhélame ...yo besaré tus ojos, morderé los
vértices de tu boca, te dejaré temblar desfallecido, rasguñaré el
descenso de tu espalda para hundir mi cabeza en tu pelvis, restregaré mi
rostro en tu angustia y tendré que sostenerte con fuerza ante la
involuntaria flexión de tus rodillas, no debes aún, no debes; luego, con
lentitud, pasearán mis pezones por tu vientre, hacia arriba, arriba,
pero no me abrazarás, estarás llorando y yo seré poderosa e invencible
ante ti y no podrás tomarme, ahora que eres tan vulnerado, doblarás las
rodillas y llorarás sobre tu deseo temblando, siempre estremecido,
derrotado... entonces, sólo entonces, abrazaré tu cabeza a mi pubis,
descenderé hasta ti, desplegaré los muslos abiertos y asilaré tu
angustia de mar y arenas que se reventará en mis costas poderosas ahora
que habrás comprendido, ahora que el rostro del tiempo se te ha
mostrado, ahora que mi huella es indeleble e imposible.
.....
Cuando la soledad era la magia de las astillas rasgando la ventana, te
acercaste despacio, abriéndole un tajo a la madrugada con tu risa.
Tiraste dos piedras de llamado y esperaste a que se abriera la puerta,
que su figura aún deslindando con la infancia apareciese envuelta en un
chal que sostenía con los dedos imitando la vejez. "Qué quieres" dijo
con el sueño abrochándole los ojos, "Al lago" "¿Estás loco?" "No, al
lago, el agua está enamorándose del agua al alba" "Sí, estás
loco".
......Pero te siguió y corrieron de la mano
licuados hasta los huesos.
..... Le mostraste la
cabaña y el fuego que tenías encendido para esperarla. Miraste por la
ventana para que ella se quitase la ropa y tú también lo hiciste
colgándola de la única silla.
..... Le habías dicho que
sí, que aprenderían juntos, como siempre, cuendo volviera el invierno y
la magia te caminara por los dedos. Como tantas veces en esos años,
serías el iniciador, el mago que desdoblaría los secretos para que ella
penetrase segura. Y ella había dicho que estabas loco, riendo, mirándote
de reojo, mascando la ramita con ese aire raro que se le había instalado
ahora entre los ojos, ahora que el suéter le apretaba y tendían a
asomarle dos protuberancias sobre los huesos.
..... Y allí, en la
cabaña, le dijiste si quería ahora y ella tembló, de espaldas a ti, las
nalgas amoratadas. Querías parecer grande y protector, como en las
innumerables novelas que leías soñando con veleros, islas y piratas,
pero siempre llevándola contigo, amándola a chocolates, a flores secas,
a besos húmedos.
..... Pero ahora el agua
enamoraba al agua en el lago, ahora, después de la sequía, el agua hacía
caminos inéditos en el bosque.
..... "Nos andarán
buscando", susurró ella.
..... "No, creerán que
jugamos en el granero, que aún fabricamos barquitos de papel para los
charcos"
..... Entonces, te
paraste junto a ella y tu mano rozó su cadera temblante. La magia
estaba, te recorría la piel a sorbos, a grandes tragos que te
enrojecieron las mejillas y calentaron las manos.
..... "Quiero mirarte",
había dicho ella y tú estabas inerme, ya no eras el sabio, el que le
enseñaba las cuevas secretas y el modo correcto de recorrerse las
lenguas y los dientes en un beso.
..... Preguntaste si
tenía miedo, sólo por llenar la magia de agujeros y vergüenzas, pero
ella había dicho no, ya no, y te buscaba con las manos, te encontraba a
trazos y tú la nombrabas descubriéndola con las yemas de los dedos, la
ibas haciendo como ella te dibujaba a ti.
..... Creo que nos
dolerá, había musitado alguno, ya no sabes quién, y el cielo afuera
lanzaba dardos contra la precariedad de las ventanas.
..... Los relámpagos
terminaron de aclarar la madrugada y sobre su cuerpo, desmadejado de
encuentros, le contaste historias de lobos y ovejas, de principes y
hadas, de brujas y reinas.
..... Luego ella murmuró
con una voz distinta, que tenía trece años, pero que después de la
lluvia en el lago ya no eran niños. Algo rasgante se te metió en la
garganta y musitaste triste, Sí, ya no somos niños.
..... El trueno feroz de
la distancia se les encumbró en los ojos.
..... Después, encogido,
la cabeza hundida en su vientre, te echaste a llorar.
..... Y ambos extienden
las manos y se tocan y al palparse los rostros sevan descomponiendo poco
a poco en pequeñísimas partículas de polvo indigno y
ancestral.