La
Odisea De Couve
En la
obra narrativa de Couve se manifiesta la trascendencia del estilo sobre
el contenido, y ello encierra su enigma vital: un trascender que apunta
hacia La mismísima Trascendencia.

por
Ignacio Valente
... Una clave
privilegiada para ingresar al mundo narrativo de Adolfo Couve son sus
personajes: el tipo humano y la hechura formal que les confiere, así
como también la relación que ellos guardan con su autor. Evocaré primero
a un puñado de esos enigmáticos protagonistas de sus relatos, que casi
sin excepciones pasan por la vida sin pena ni gloria, para indagar luego
lo que ellos revelan de la aventura creadora del novelista.
..... Me remonto a El tren de cuerda (1976): un almirante en
retiro, una mujer sin hijos y ávida de maternidad, un niño que es casi
objeto pasivo de sus correteos de familia en familia (¡atención a los
niños de Couve!), una viuda alegre y algo alocada, y un agricultor
convencional. Ese niño triste de sus nouvelles parece ser siempre
el propio autor, co su perspectiva de la infancia perdida y recreada en
toda su indefensión, a la luz de una velada nostalgia. Los
acontecimientos (más bien banales) de estos personajes (más bien
vulgares) apuntan hacia otras dimensiones más misteriosas de la
existencia, y esto in crescendo a medida que madura la obra de
nuestro autor.
..... Los protagonistas de El pasaje (1989), por ejemplo, son
más vulgares y más conmovedores a la vez: aquella anciana de vejez
inaceptada, propietaria de una decena de pobres casas de arriendo, y
espectadora de la vida desde esa inexorable atalaya; luego su
contrapunto, la arrendataria de la casa E, esa mujer madura de múltiples
caras: áspera durante el día, romántica al atardecer y sensual
(supuestamente) por las noches. Y entre ambas mujeres, el emblemático
niño como perdido, con la suprema dignidad de su desamparo.
..... Se trata casi siempre de un conjunto azaroso de vidas
mínimas, traídas y llevadas por un destino inclemente. Esa será la
constante elección del autor como creador de las dramatis
personae. No son por fuerza individuos de insignificancia mundana
(como suelen serlo en Gonzalez Vera o en Carlos Ruiz-Tagle). Pero cuando
son "importantes" (como en el París cortesano y diplomático de La
copia de yeso), esas gentes "de mundo" son llevadas por el autor a
esta conclusión: "reyes, distancias, gentío, miseria,
vanidad".

..... También esas
figuras de la Colonia que protagonizan En los desórdenes de junio
-gobernadores, piratas, guerreros, actores: estampas anacrónicas- son en
toda su pompa leves máscaras de vidas precarias y fugaces. Algo
semejante ocurre con el burgués fachoso que da su nombre a El cumpleaños
del señor Balande: un nuevo rico de mal gusto, con su pesado cortejo de
obras de arte, y cuya mundanidad lo hace aun más patético en su
vulgaridad.
..... La perfección de
este tipo de humanidad frágil, menuda y marginal culmina en la última
novela de Couve, La comedia del Arte: en esa melodramática
trilogía de Cartagena, compuesta por el pintor fracasado, cada vez más
desnudo de las ilusiones estéticas que lo alimentaban en forma irreal;
su compañera, que hizo de modelo pictórico pero ahora es gorda,
chillona, liviana de cascos, teatral, y el fugaz fotógrafo de playa que
conquista por un tiempo a la pobrecilla. Ese trío protagoniza un
verdadero mito de las Pobres Gentes, el Panteón de las Vidas
Mínimas.
..... ¿Antihéroes? Yo no
usaría ese término, que en la novela del siglo XX, desde el Leopold
Bloom del Ulises de Joyce hasta el clérigo de Ritos de paso de Golding,
denota una intención casi programática y pesimista de desmitificar toda
grandeza humana, cuando no de complacerse entre los laberintos de la
cotidianidad.

MENDIGOS
ATAVIADOS COMO REYES
..... Por contraste, a
los personajes de Couve se los siente amados y no abatidos por el autor.
Rozamos aquí el núcleo mismo de su singularidad creadora. Y es que, en
virtud de ese sentimiento positivo de su corazón, sus desmedrados
personajes reciben una elaboración formal casi redentora, un
tratamiento literario de lujo, una hechura formal de alto nivel,
y no por simple talento del escritor, sino como si ese "exceso" de
finura artística viniera exigido por su misma pobreza humana.
Cuanto más deteriorada su humanidad, más enaltecida como arte y como
belleza es su plasmación narrativa. Este contraste es la identidad misma
de sus personajes, y la delicadeza redentora de su creador es a la vez
un temple literario y una categoría del espíritu.
..... Trataré de explayar
esta paradoja. En primer lugar, esos personajes están servidos por una
excelente prosa: una de las mejores que se han escrito en Chile durante
las últimas décadas. Una prosa de la escuela de Flaubert, muy pura, muy
castigada, muy esencial, es el lenguaje en el cual viven aquellos seres
disminuidos: al minimalismo de su substancia humana corresponde el
maximalismo de la palabra creadora que los sostiene en su fragilidad.
Son como mendigos que Couve ha vestido con túnica de reyes.
..... Dígase otro tanto
de las atmósferas, los lugares, el hábitat narrativo. Esas pensiones de
mala muerte, esos conventillos, esas callejuelas, ese dudoso y raído
pulular humano que contienen se nos revelan en estas novelas con gran
dignidad: están como transfigurados en objetos de arte por la
sobriedad objetiva -pictórica- y neoclásica de su tratamiento verbal;
aparecen suavemente iluminados por un resplandor que brota de ellos
mismos, y que el escritor-pintor sabe simplemente captar, con una cuasi
neutralidad tocada por la catarsis de la belleza.
..... No necesito decir
que la materialidad de este tipo de atmósfera en la narrativa chilena,
tiende con gran frecuencia hacia la formalidad literaria de lo
sórdido, desde Baldomero Lillo pasando por Edwards Bello hasta José
Donoso y su estela. No hago juicios de valor -ni moral ni literario-
sobre esa complacencia en lo sórdido; me limito a destacar que Couve
está en las antípodas de esa tendencia; más bien podríamos hablar de la
elegancia con que mira, recrea y verbaliza hasta las atmósferas
más groseras.
..... Y es que Couve
tiene un gran respeto por sus creaturas: personas y cosas. También forma
parte de ese respeto su clásico objetivismo narrativo: como impelido por
aquella delicadeza, él no se entromete en la interioridad de sus
personajes, no trajina por sus almas, no hace "psicología" con ellos. Y
sí podemos hablar de su mirada compasiva y tolerante sobre la condición
humana, esa perpectiva -por lejana- nunca llega a ser tierna ni
patética- nosotros, los lectores, somos llevados a experimentar
esos sentimientos ante sus personajes.

HACIA LA
TRASCENDENCIA
..... En último término,
¿por qué la palabra de Couve teje aquella túnica real para sus
personajes mendigos? ¿Qué hay detrás de ese manifiesto contraste, detrás
de esa pintura prolija de los gestos mínimos de unos seres minúsculos,
como miniaturas medievales de un libro de horas? Mi hipótesis de trabajo
es que ese trascender de estilo sobre el contenido, del significado
formal sobre la insignificancia de los caracteres, encierra el enigma
vital del autor: si se me permite un juego de palabras, diría que
ese trascender apunta hacia La mismísima
trascendencia.
..... A partir de un
fundamento cristiano "culturalmente católico", como suele decirse, Couve
fue un buscador de Dios, y lo fue precisamente a través de la obra de
arte, cuya perfección experimentaba como algo casi religioso. Su
búsqueda de Dios se movió entre estos dos polos: uno de pesimismo y
lejanía, otro de fe y cercanía del Absoluto. Por ambas instancias era
llevado a tratar suntuosamente a sus pobres creaturas, a engrandecer con
su arte lo que les negaba la naturaleza.
..... A la instancia
agnóstica -o quizá solamente triste, desanimada- corresponde ese
tratamiento suyo de la condición humana como si Dios no existiera:
personas intrascendentes pero, por eso mismo, patétias, tiernas,
compasibles, y a veces casi heroicas en su insignificancia, en sus
diálogos que se lleva el viento, en sus gestos fútiles. Couve
necesitaba tratar a sus personajes con tanta cortesía narrativa y
ontológica justamente porque eran polvo y ceniza, compañeros en la
desgracia de la soledad: porque, si carecían de redención última, al
menos él podía darles redención artística.
..... A la instancia
creyente, que se impuso gradualmente sobre la otra, corresponde un
tratamiento similar pero más profundo. Couve, como autor de personajes,
se asocia de modo oblicuo al autor de las personas y del mundo, lo hace
sólo mediante esa plusvalía del acto creador sobre la materia
creada, mediante el derroche del estilo sobre las personalidades
mínimas. Los hombres, frente a Dios, son aquí percibidos como poco y
nada. Couve se esmera en el juego cuasi divino de crear seres menores
con una precisión trascendental, como si sólo así pudiera él participar
de la primera fuente creadora. La desproporción es justamente su acceso
a lo divino. Los pequeños seres de sus nouvelles, siendo unos
hombrecillos, alcanzan cierta extraña grandeza sólo por la exagerada
finura estilística de quien les dio el ser, así como sólo en su origen
divino fundamenta su grandeza esta aparente vanidad que es el
hombre.
..... Es esa teología del
Dios presente-ausente -cristiana con alguna huella pesimista de los
ancestros del autor: ¿jansenista, incluso hugonote?- la que sustenta una
obra literaria singular, bien hecha, delicada y leve, que se aparta de
los cánones actuales no sólo por el estilo, sino también por la inusual
proyección de su búsqueda metafísica de largo alcance.
en El Mercurio, 19 de abril de
1998