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ratas podridas ajenas al crecer de los lirios aún
verán amanecer
sangrientos.
Sobre
mi brazo agigantado por tu mortal destino,
oh
doncella,
un
anillo llameante te aprisiona por toda la
eternidad
es
decir, mi vida, nuestro encuentro, aquí,
donde
mi brazo
descansa
entre el muro y tus dedos que
quieren
esconder
ocultos
designios donde esperamos la sombra final
de
los
altos torreones, su sí de vértigo, inmóviles,
alerta
a
cualquier suceder, tú me comprendes y la
ciudad
crece
junto a la niebla y el tiempo, el
más
desconocido,
el que
no cruje cuando se desplaza por mi brazo y
tu
caricia y el combate en acecho que
nos
separará
cualquier amanecer entre dos lunas
interrumpidas.
Pero yo te amo.
(...) |