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................ RAINER MARIA RILKE
 

"Retrato de un niño"
anónimo mexicano del siglo XIX. Óleo sobre tela, 37.5 x 47.5 cm.



RÉQUIEM POR LA MUERTE DE UN NIÑO

 

Qué de nombres me he grabado
y ahora, desde hace ya tanto tiempo y desde lejos
que he reconocido al perro, a la vaca, al elefante
y luego a la cebra, ay, ¿y para qué?
..... Aquel que ahora me sostiene
asciende como un nivel de agua
por encima del todo. ¿Es esto la calma,
el saber que uno existió cuando
no se abrió paso a través de objetos duros y tiernos
hasta el rostro comprensivo?

Y estas manos apenas comenzadas (1).

.... Vosotros decíais a veces: él promete...
Sí, yo prometí, pero lo que os prometí
ya no me intimida ahora.
A veces me sentaba largo rato junto a la casa
y seguía con la vista a un pájaro.
¡Oh, si se me hubiese permitido llegar a ser eso, ese mirar!
Esto me llevaba y me elevaba;
mis cejas quedaban muy arriba. No quería a nadie.
Pues querer era temor, ¿comprendes?
Entonces yo no era nosotros
y era mucho más grande que un adulto
y era
como si yo mismo fuese el peligro
y dentro de él
el núcleo.

Un pequeño núcleo; de buena gana se lo concedo al viento
y a las calles. Me deshice de él.
Porque nunca creí que estuviésemos todos sentados,
tan juntos. Mi palabra de honor.
Vosotros hablábais y reíais y sin embargo ninguno estaba
en el hablar ni en el reír. No.
Mientras todos vosotros vacilabais
no vacilaba ni el azucarero ni la copa llena de vino.
La manzana yacía. Qué bueno era a veces
tocar la manzana firme y plena,
la mesa fuerte, las silenciosas tazas del desayuno,
las buenas: cómo tranquilizaban el año todas ellas.
Y también mi juguete era bueno conmigo a veces.
Él podía ser casi tan confiable como las otras cosas;
sólo que no tan reposado.
Y así él estaba en un constante despertar,
como en medio entre mi sombrero y yo.
Ahí había un caballo de madera, ahí un gallo,
ahí estaba la muñeca con una sola pierna;
yo hice mucho por ellos.
Hice pequeño el cielo, cuando ellos lo veían,
porque eso lo entendí precozmente: cuán solo
está un caballo de madera. ¡Que uno pueda hacer esto!:
un caballo de madera de cualquier tamaño.
Se pinta y después uno lo tira
y él recibe los golpes del auténtico camino.
¿Por qué no era mentira llamar a esto "caballo"?
Porque uno mismo se sentía un poco como caballo:
se ponía melenudo, nervudo, cuadrúpedo
(¿para convertirse en hombre un día?).
¿Pero es que no era uno a la vez,
por él, un poco de madera
y no llegó a ser duro en el silencio
y no puso una cara reducida?.

Ahora casi creo que siempre nos hemos intercambiado.
Si veía el arroyo, cómo murmuraba yo entonces,
y si murmuraba el arroyo, entonces yo saltaba hacia él.
Cuando veía un sonar, yo sonaba (2)
y cuando algo sonaba, yo mismo era su causa.

Así es como yo importuné al todo,
y ciertamente el todo estaba satisfecho sin mí
y se tornaba más triste adornado conmigo.

Ahora estoy de pronto re-tirado.
¿Empieza
un nuevo aprendizaje, un nuevo preguntar?
¿O debo decir ahora
cómo está todo entre vosotros? Entonces tengo miedo.
¿La casa? Nunca la comprendí del todo.
¿Los cuartos? Ay, había ahí tantas cosas.
... Tú, madre, ¿quién era realmente
el perro?
Y hasta el hecho de encontrar bayas en el bosque
me parece ahora un hallazgo milagroso.
..........................................................................................

Sí, tienen que ser niños muertos
los que vienen a jugar conmigo. Porque siempre
morían algunos. Primero se quedaban en cama en el dormitorio
al igual que yo lo estuve y nunca llegaban a sanar.

Sano... ¡Cómo suena esto aquí! ¿Tiene algún sentido todavía?
Allí donde estoy
no hay, creo yo, nadie que esté enfermo.
Desde mi dolor de garganta pasó ya tanto tiempo.

Aquí cada uno es como un elíxir fresco.

Pero no he visto aún a los que nos han de beber (3).
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NOTAS:

1. En el original dice "Und diese angefangenen Hände", cuya traducción literal sería "Y estas manos comenzadas". Por musicalidad hemos agregado el adverbio "apenas", que no cambia en nada el sentido; por el contrario, acentúa el carácter de lo recién comenzado que tienen las manos, vale decir, la capacidad de acción de un niño.

2. La frase "Cuando veía un sonar", que parece un sinsentido, no es un error tipográfico o del traductor. El poeta usa expresamente el verbo "ver" y no "oír" o "escuchar" un sonido. Otra vez la polivalencia de los sentidos, como en la Décima Elegía, cuando la lechuza "dibuja suave en el nuevo / oído del muerto, el contorno indescriptible...", vale decir, el muerto escucha no sólo el ruido, sino su línea, o en la poesía "A la música", cuando el paisaje se hace "audible".

3. En el original "Noch hab ich, die uns trinken, nicht gesehen", cuya traducción literal sería "No he visto aún a los que nos beben". Hemos cambiado "que nos beben" por "que nos han de beber", por tres razones. En primer lugar, porque del contexto se desprende que el acto de ser bebido no ha ocurrido todavía ("no he visto aún..."). En tercer lugar, porque el tiempo presente en los verbos alemanes tiene una extensión temporal mayor que en los otros idiomas occidentales, entre otras razones, porque incluye el gerundio, el cual, aun cuando como forma verbal existe, prácticamente no se usa.

 


COMENTARIO AL RÉQUIEM PARA UN NIÑO

..... La primera particularidad del "Réquiem para un Niño" es que no es el poeta quien le habla al muerto, como en el réquiem a la amiga y al poeta suicida, sino que es el niño muerto quien nos habla a nosotros, los adultos, en una maravillosa reflexión desde el más allá. Él conoce bien el nombre de los animales, pero no el propio, porque él no alcanzó a llegar a ser verdaderamente ese nombre que le dieron. Y entonces viene una misteriosa afirmación: "Aquél que ahora me sostiene / asciende como un nivel de agua / por encima del todo..." ¿Quién es "Aquél" que lo sostiene? No hay duda que el poeta se está refiriendo aquí al mismo Dios, a quien el niño vive como elevándose por encima del Universo y llenando con su potencia infinita la totalidad de lo existente. Luego, el niño se pregunta si será esto la verdadera paz, lo que él vive en el allende, cuando en realidad tampoco conoció en la Tierra algo muy distinto. Acá él no tuvo contacto con eso que los adultos llaman dificultades, por cuanto no alcanzó a abrirse paso "a través de objetos duros y tiernos"; ni siquiera supo lo que era la acción ("Y estas manos apenas comenzadas").
..... Su mente se llena de recuerdos dispersos, de pequeñas cosas, como mirar un pájaro, por ejemplo, y que le ocupaban tanto tiempo, porque el tiempo de la infancia es muy extenso y hay tan poca prisa. El tiempo es algo de los adultos; son ellos los que vivían siempre apresurados y hacían proyectos para él, proyectos que ahora ya no le preocupan ("pero lo que os prometí / ya no me intimida ahora"). El poeta pasa luego a describir cómo era la vida del niño en la Tierra: lo que más hacía era mirar, mirar a su alrededor y contemplar las maravillas de la naturaleza; pero ahora toma conciencia de que no retuvo de ello lo suficiente y que si se le "hubiese permitido llegar a ser eso, ese mirar", habría podido descifrar mejor quizás la esencia de las cosas. En todo caso esa actividad contemplativa lo "elevaba" hasta tal punto, que sus "cejas quedaban muy arriba". Pero había algo que sí lo incomodaba, aún más, que le daba miedo; era el querer, era eso que los adultos llamaban amor. ¿Qué habrá significado el amor? Para él, "querer era temor". Es probable que lo que el niño temiera fuese esa fusión con el otro que exige el amor ("Entonces yo no era nosotros"); porque él estaba acostumbrado a la soledad de su contemplar y, en cierto modo, desde esa misma soledad se sentía "mucho más grande que un adulto", cuanto más que desconocía el miedo al peligro, peligro que ellos tanto temían. Él no sólo no sentía temor, sino que "era / como si yo mismo fuese el peligro / y dentro de él / el núcleo". Pero ahora, en el más allá, no existen los peligros y por eso el niño muerto está dispuesto a regalarle ese "núcleo" de audacia "al viento / y a las calles".
..... En rigor, nunca se entendió con los adultos, porque éstos tenían algo profundamente falso ("ninguno estaba en el hablar ni en el reír") y ¡cuán vacilantes eran!, en comparación con la consistencia de las cosas ("no vacilaba ni el azucarero ni la copa , de vino... tocar la manzana firme y plena, / la mesa fuerte... etc."). Esta imagen de la copa llena de vino nos recuerda el ejemplo que toma Heidegger para describir fenomenológicamente la esencia de la cosa: "La cosidad de la jarra descansa en el hecho de que ella es en cuanto recipiente. Nos damos cuenta de lo acogedor del recipiente cuando llenamos la jarra [...]. Al querer llenar la jarra el líquido fluye en la jarra vacía [...]. El vacío, esta nada de la jarra, es lo que la jarra es en cuanto recipiente que acoge..., etc.". El niño tiene una relación mucho más profunda y directa con las cosas y entiende más que los adultos acerca de eso que Heidegger llama su "esencia". El adulto, y sobre todo el que pertenece a la época actual, ha transformado a la cosa en mercancía, la que, como dice el filósofo francés Jean Baudrillard, "es abstracta, formal y ligera, respecto a la pesadez, opacidad y substancia del objeto". El objeto o cosa de la postmodernidad sería, según él, "obsceno", porque es "legible", a diferencia del objeto ( el verdadero, el objeto del niño, del que nos habla Rilke), "que jamás confiesa enteramente su secreto". Para el niño las cosas no tienen precio y, por lo tanto, no son intercambiables. A él le gusta ese juguete en particular, aunque sea mucho más sencillo y barato que el de su amigo.
..... De pronto salta el niño a recordar sus juguetes, "casi tan onfiables como las otras cosas": el caballo de madera, el gallo, la muñeca. Ellos fueron muy buenos con él, pero él también lo fue con ellos, porque pronto comprendió que eran muy solos y entonces él les dio un sentido acercándoles el cielo ("...yo hice mucho por ellos. / Hice pequeño el cielo, cuando ellos lo veían."). Además, el acto de hacer un juguete es ya una maravilla y éste no es una mentira, porque el mismo niño se transforma en su juguete y su juguete en él ("porque uno mismo se sentía un poco como caballo: / se ponía melenudo, nervudo, cuadrúpedo"). Su identificación con el caballo de madera era tal que llegó a poner "una cara reducida". Aqui nos encontramos con otra observación interesante y profunda de Rilke sobre los animales. En la Octava Elegía del Duino nos habló de su "mirada abierta", esa mirada que se integra al mundo como totalidad y no está "frente" a él. O para decirlo con las palabras del poeta: "El animal está en el mundo; nosotros, en cambio, estamos ante él a través de este vuelco peculiar y esta elevación experimentados por nuestra conciencia". Contrastando con esta apertura de su mirar, Rilke nos habla ahora de la "cara reducida" del animal, con lo cual esta aludiendo, de seguro, a la mucho menor expresividad facial que tienen los animalew en comparación con los hombres. En todo caso, parece perfectamente coherente el que a mayor inserción del animal en el mundo corresponda una menor expresividad, desde el momento que ésta es la forma corporal de manifestarse el sentido (la cultura) y el sentido es por definición transgresor con respecto a la naturaleza.
..... A continuación el niño explica que lo que le pasó con el caballo de madera sucedía en cierto modo con todo; siempre se transformaba en aquello que tenía delante: una vez en caballo, otra en arroyo, otra en sonido. Nos encontramos aquí de nuevo con la idea de una relación esencial y personalizada del niño con las cosas, hasta el punto de identificarse él completamente con ellas ("Si veía el arroyo, cómo murmuraba yo entonces, / y si murmuraba el arroyo, entonces yo saltaba hacia él "), relación que pierde el adulto -y más el de nuestra época- al transformar las cosas en objetos vendibles y desechables que no tienen un valor sino un precio. Luego vienen unos versos muy misteriosos, porque el poeta afirma que el niño habría "importunado al todo", "todo" que sin él estaría más tranquilo y no se pondría triste. Creo que aquí cabe sólo una interpretación: la incisiva contemplación del niño es sentida por la naturaleza como una suerte de invasión, la que anuncia al menos la intervención y manipulación que hacen los adultos en y de la naturaleza y cuyas consecuencias las estamos percibiendo en los múltiples desequilibrios ecológicos. Recordemos además que como dice Heráclito en uno de sus aforismos: "a la naturaleza le gusta ocultarse". La otra interpretación posible es que el niño estuviese importunando al más allá, pero esto sería contradictorio con lo que afirma el poeta más adelante: que en el cielo los niños muertos son como un "elixir fresco".
..... Ahora el niño se siente tan extraño en este otro mundo como antes se sintió en la Tierra. ¿Qué sera lo que le espera en el más allá? ¿Habrá un nuevo aprendizaje? Pero, sobre todo, ¿llegará por fin a comprender el mundo de los adultos, ese que nunca comprendió en la Tierra? ("¿O debo decir ahora / cómo está todo entre vosotros?"). Él no tiene dificultades para entender las cosas (el arroyo, la taza del desayuno, el juguete); al contrario, mientras estuvo en la Tierra se movió entre ellos con la mayor familiaridad. Sin embargo, sí tiene y tuvo problemas con los seres vivos. Desde el más allá se da cuenta de que en la Tierra no sólo no entendió a los adultos, sino tampoco a los animales. Es cierto que ha podido reconocer al perro, a la vaca, al elefante, etc., pero sus respectivas esencias se le escapan ("Tú, madre, ¿quién era realmente el perro?"). Aunque, en rigor, todo es tan sorprendente y maravilloso que hasta el hecho de haber encontrado "bayas en el bosque" le parece ahora "un hallazgo milagroso".
..... En la última estrofa el niño manifiesta la esperanza de que otros niños muertos vengan a jugar con él y recuerda cómo morían esos niños que "nunca llegaban a sanar". También recuerda los últimos días de su enfermedad ("Desde mi dolor de garganta pasó ya tanto tiempo"). Curiosamente, en ese mundo donde él está ahora ya no tienen sentido palabras como "sano" o "enfermo", porque los niños muertos son "como un elixir fresco". Y el poema termina con la misteriosa frase, que sigue a la anterior: "Pero no he visto aún a los que nos han de beber". Toda esta última estrofa transmite una atmósfera de infinita tristeza; tristeza porque el niño se siente solo, tanto o más solo de lo que se sintió en la Tierra, y por eso espera con ansias que otros niños muertos vengan a jugar con él; tristeza también porque ese Dios personal, anunciado en la primera estrofa del réquiem ("Aquel que ahora me sostiene") se ha diluido en una pluralidad ¿de dioses? ("los que nos han de beber"). Tristeza, por último, porque Él o ellos todavía no llegan o al menos él no ha sido capaz de reconocerlo(s) ("no he visto aún...").

 

OTTO DÖRR ZEGERS


Otto Dörr Zegers es médico-cirujano, Profesor Titular de Psiquiatría de la Universidad de Chile, Jefe de Servicio en el Hospital Psiquiátrico de Santiago y Miembro de Número de la Academia de Medicina del Instituto de Chile. Estudió Medicina en la Universidad de Chile, y se formó como especialista en la Universidad de Heidelberg, Alemania, donde fue alumno de Hubertus Tellenbach. Autor de numerosas publicaciones sobre temas de la especialidad en Chile y el extranjero, también ha incursionado en campos colindantes con la psiquiatría, como la filosofía, la antropología y la literatura.

 

 




 

 

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