|
"Retrato de un niño" anónimo mexicano del siglo XIX. Óleo
sobre tela, 37.5 x 47.5 cm.
RÉQUIEM POR LA MUERTE DE UN NIÑO
Qué de
nombres me he grabado y ahora, desde hace ya tanto tiempo y desde
lejos que he reconocido al perro, a la vaca, al elefante y luego
a la cebra, ay, ¿y para qué? ..... Aquel
que ahora me sostiene asciende como un nivel de agua por encima
del todo. ¿Es esto la calma, el saber que uno existió cuando no
se abrió paso a través de objetos duros y tiernos hasta el rostro
comprensivo?
Y estas
manos apenas comenzadas (1).
.... Vosotros decíais a veces: él promete... Sí, yo prometí,
pero lo que os prometí ya no me intimida ahora. A veces
me sentaba largo rato junto a la casa y seguía con la vista a un
pájaro. ¡Oh, si se me hubiese permitido llegar a ser eso, ese
mirar! Esto me llevaba y me elevaba; mis cejas quedaban muy
arriba. No quería a nadie. Pues querer era temor,
¿comprendes? Entonces yo no era nosotros y era mucho más grande
que un adulto y era como si yo mismo fuese el peligro y
dentro de él el núcleo.
Un
pequeño núcleo; de buena gana se lo concedo al viento y a las
calles. Me deshice de él. Porque nunca creí que estuviésemos todos
sentados, tan juntos. Mi palabra de honor. Vosotros hablábais y
reíais y sin embargo ninguno estaba en el hablar ni en el reír.
No. Mientras todos vosotros vacilabais no vacilaba ni el
azucarero ni la copa llena de vino. La manzana yacía. Qué bueno era
a veces tocar la manzana firme y plena, la mesa fuerte, las
silenciosas tazas del desayuno, las buenas: cómo tranquilizaban el
año todas ellas. Y también mi juguete era bueno conmigo a
veces. Él podía ser casi tan confiable como las otras
cosas; sólo que no tan reposado. Y así él estaba en un constante
despertar, como en medio entre mi sombrero y yo. Ahí había un
caballo de madera, ahí un gallo, ahí estaba la muñeca con una sola
pierna; yo hice mucho por ellos. Hice pequeño el cielo, cuando
ellos lo veían, porque eso lo entendí precozmente: cuán
solo está un caballo de madera. ¡Que uno pueda hacer esto!: un
caballo de madera de cualquier tamaño. Se pinta y después uno lo
tira y él recibe los golpes del auténtico camino. ¿Por qué no
era mentira llamar a esto "caballo"? Porque uno mismo se sentía un
poco como caballo: se ponía melenudo, nervudo, cuadrúpedo (¿para
convertirse en hombre un día?). ¿Pero es que no era uno a la
vez, por él, un poco de madera y no llegó a ser duro en el
silencio y no puso una cara reducida?.
Ahora
casi creo que siempre nos hemos intercambiado. Si veía el arroyo,
cómo murmuraba yo entonces, y si murmuraba el arroyo, entonces yo
saltaba hacia él. Cuando veía un sonar, yo sonaba (2) y cuando
algo sonaba, yo mismo era su causa.
Así es
como yo importuné al todo, y ciertamente el todo estaba satisfecho
sin mí y se tornaba más triste adornado conmigo.
Ahora
estoy de pronto re-tirado. ¿Empieza un nuevo aprendizaje, un
nuevo preguntar? ¿O debo decir ahora cómo está todo entre
vosotros? Entonces tengo miedo. ¿La casa? Nunca la comprendí del
todo. ¿Los cuartos? Ay, había ahí tantas cosas. ... Tú, madre,
¿quién era realmente el perro? Y hasta el hecho de encontrar
bayas en el bosque me parece ahora un hallazgo
milagroso. ..........................................................................................
Sí,
tienen que ser niños muertos los que vienen a jugar conmigo. Porque
siempre morían algunos. Primero se quedaban en cama en el
dormitorio al igual que yo lo estuve y nunca llegaban a
sanar.
Sano...
¡Cómo suena esto aquí! ¿Tiene algún sentido todavía? Allí donde
estoy no hay, creo yo, nadie que esté enfermo. Desde mi dolor de
garganta pasó ya tanto tiempo.
Aquí cada
uno es como un elíxir fresco.
Pero no
he visto aún a los que nos han de beber
(3). ..............................................................................................
NOTAS:
1. En el original dice "Und diese angefangenen Hände", cuya
traducción literal sería "Y estas manos comenzadas". Por musicalidad
hemos agregado el adverbio "apenas", que no cambia en nada el sentido;
por el contrario, acentúa el carácter de lo recién comenzado que tienen
las manos, vale decir, la capacidad de acción de un niño.
2. La frase "Cuando veía un sonar", que parece un sinsentido, no
es un error tipográfico o del traductor. El poeta usa expresamente el
verbo "ver" y no "oír" o "escuchar" un sonido. Otra vez la polivalencia
de los sentidos, como en la Décima Elegía, cuando la lechuza "dibuja
suave en el nuevo / oído del muerto, el contorno indescriptible...",
vale decir, el muerto escucha no sólo el ruido, sino su línea, o en la
poesía "A la música", cuando el paisaje se hace "audible".
3. En el original "Noch hab ich, die uns trinken, nicht gesehen",
cuya traducción literal sería "No he visto aún a los que nos beben".
Hemos cambiado "que nos beben" por "que nos han de beber", por tres
razones. En primer lugar, porque del contexto se desprende que el acto
de ser bebido no ha ocurrido todavía ("no he visto aún..."). En tercer
lugar, porque el tiempo presente en los verbos alemanes tiene una
extensión temporal mayor que en los otros idiomas occidentales, entre
otras razones, porque incluye el gerundio, el cual, aun cuando como
forma verbal existe, prácticamente no se usa.
|
COMENTARIO AL RÉQUIEM PARA UN
NIÑO
..... La primera
particularidad del "Réquiem para un Niño" es que no es el poeta
quien le habla al muerto, como en el réquiem a la amiga y al
poeta suicida, sino que es el niño muerto quien nos habla a
nosotros, los adultos, en una maravillosa reflexión desde el más
allá. Él conoce bien el nombre de los animales, pero no el
propio, porque él no alcanzó a llegar a ser verdaderamente ese
nombre que le dieron. Y entonces viene una misteriosa
afirmación: "Aquél que ahora me sostiene / asciende como un
nivel de agua / por encima del todo..." ¿Quién es "Aquél" que lo
sostiene? No hay duda que el poeta se está refiriendo aquí al
mismo Dios, a quien el niño vive como elevándose por encima del
Universo y llenando con su potencia infinita la totalidad de lo
existente. Luego, el niño se pregunta si será esto la verdadera
paz, lo que él vive en el allende, cuando en realidad tampoco
conoció en la Tierra algo muy distinto. Acá él no tuvo contacto
con eso que los adultos llaman dificultades, por cuanto no
alcanzó a abrirse paso "a través de objetos duros y tiernos"; ni
siquiera supo lo que era la acción ("Y estas manos apenas
comenzadas"). ..... Su mente se
llena de recuerdos dispersos, de pequeñas cosas, como mirar un
pájaro, por ejemplo, y que le ocupaban tanto tiempo, porque el
tiempo de la infancia es muy extenso y hay tan poca prisa. El
tiempo es algo de los adultos; son ellos los que vivían siempre
apresurados y hacían proyectos para él, proyectos que ahora ya
no le preocupan ("pero lo que os prometí / ya no me intimida
ahora"). El poeta pasa luego a describir cómo era la vida del
niño en la Tierra: lo que más hacía era mirar, mirar a su
alrededor y contemplar las maravillas de la naturaleza; pero
ahora toma conciencia de que no retuvo de ello lo suficiente y
que si se le "hubiese permitido llegar a ser eso, ese mirar",
habría podido descifrar mejor quizás la esencia de las cosas. En
todo caso esa actividad contemplativa lo "elevaba" hasta tal
punto, que sus "cejas quedaban muy arriba". Pero había algo que
sí lo incomodaba, aún más, que le daba miedo; era el querer, era
eso que los adultos llamaban amor. ¿Qué habrá significado el
amor? Para él, "querer era temor". Es probable que lo que el
niño temiera fuese esa fusión con el otro que exige el amor
("Entonces yo no era nosotros"); porque él estaba acostumbrado a
la soledad de su contemplar y, en cierto modo, desde esa misma
soledad se sentía "mucho más grande que un adulto", cuanto más
que desconocía el miedo al peligro, peligro que ellos tanto
temían. Él no sólo no sentía temor, sino que "era / como si yo
mismo fuese el peligro / y dentro de él / el núcleo". Pero
ahora, en el más allá, no existen los peligros y por eso el niño
muerto está dispuesto a regalarle ese "núcleo" de audacia "al
viento / y a las calles". ..... En
rigor, nunca se entendió con los adultos, porque éstos tenían
algo profundamente falso ("ninguno estaba en el hablar ni en el
reír") y ¡cuán vacilantes eran!, en comparación con la
consistencia de las cosas ("no vacilaba ni el azucarero ni la
copa , de vino... tocar la manzana firme y plena, / la mesa
fuerte... etc."). Esta imagen de la copa llena de vino nos
recuerda el ejemplo que toma Heidegger para describir
fenomenológicamente la esencia de la cosa: "La cosidad de la
jarra descansa en el hecho de que ella es en cuanto
recipiente. Nos damos cuenta de lo acogedor del recipiente
cuando llenamos la jarra [...]. Al querer llenar la jarra el
líquido fluye en la jarra vacía [...]. El vacío, esta nada de la
jarra, es lo que la jarra es en cuanto recipiente que
acoge..., etc.". El niño tiene una relación mucho más profunda y
directa con las cosas y entiende más que los adultos acerca de
eso que Heidegger llama su "esencia". El adulto, y sobre todo el
que pertenece a la época actual, ha transformado a la cosa en
mercancía, la que, como dice el filósofo francés Jean
Baudrillard, "es abstracta, formal y ligera, respecto a la
pesadez, opacidad y substancia del objeto". El objeto o cosa de
la postmodernidad sería, según él, "obsceno", porque es
"legible", a diferencia del objeto ( el verdadero, el objeto del
niño, del que nos habla Rilke), "que jamás confiesa enteramente
su secreto". Para el niño las cosas no tienen precio y, por lo
tanto, no son intercambiables. A él le gusta ese
juguete en particular, aunque sea mucho más sencillo y barato
que el de su amigo. ..... De
pronto salta el niño a recordar sus juguetes, "casi tan
onfiables como las otras cosas": el caballo de madera, el gallo,
la muñeca. Ellos fueron muy buenos con él, pero él también lo
fue con ellos, porque pronto comprendió que eran muy solos y
entonces él les dio un sentido acercándoles el cielo ("...yo
hice mucho por ellos. / Hice pequeño el cielo, cuando ellos lo
veían."). Además, el acto de hacer un juguete es ya una
maravilla y éste no es una mentira, porque el mismo niño se
transforma en su juguete y su juguete en él ("porque uno mismo
se sentía un poco como caballo: / se ponía melenudo, nervudo,
cuadrúpedo"). Su identificación con el caballo de madera era tal
que llegó a poner "una cara reducida". Aqui nos encontramos con
otra observación interesante y profunda de Rilke sobre los
animales. En la Octava Elegía del Duino nos habló de su "mirada
abierta", esa mirada que se integra al mundo como totalidad y no
está "frente" a él. O para decirlo con las palabras del poeta:
"El animal está en el mundo; nosotros, en cambio,
estamos ante él a través de este vuelco peculiar y esta
elevación experimentados por nuestra conciencia". Contrastando
con esta apertura de su mirar, Rilke nos habla ahora de la "cara
reducida" del animal, con lo cual esta aludiendo, de seguro, a
la mucho menor expresividad facial que tienen los animalew en
comparación con los hombres. En todo caso, parece perfectamente
coherente el que a mayor inserción del animal en el mundo
corresponda una menor expresividad, desde el momento que ésta es
la forma corporal de manifestarse el sentido (la cultura) y el
sentido es por definición transgresor con respecto a la
naturaleza. ..... A continuación
el niño explica que lo que le pasó con el caballo de madera
sucedía en cierto modo con todo; siempre se transformaba en
aquello que tenía delante: una vez en caballo, otra en arroyo,
otra en sonido. Nos encontramos aquí de nuevo con la idea de una
relación esencial y personalizada del niño con las cosas, hasta
el punto de identificarse él completamente con ellas ("Si veía
el arroyo, cómo murmuraba yo entonces, / y si murmuraba el
arroyo, entonces yo saltaba hacia él "), relación que pierde el
adulto -y más el de nuestra época- al transformar las cosas en
objetos vendibles y desechables que no tienen un valor sino un
precio. Luego vienen unos versos muy misteriosos, porque el
poeta afirma que el niño habría "importunado al todo", "todo"
que sin él estaría más tranquilo y no se pondría triste. Creo
que aquí cabe sólo una interpretación: la incisiva contemplación
del niño es sentida por la naturaleza como una suerte de
invasión, la que anuncia al menos la intervención y manipulación
que hacen los adultos en y de la naturaleza y cuyas
consecuencias las estamos percibiendo en los múltiples
desequilibrios ecológicos. Recordemos además que como dice
Heráclito en uno de sus aforismos: "a la naturaleza le gusta
ocultarse". La otra interpretación posible es que el niño
estuviese importunando al más allá, pero esto sería
contradictorio con lo que afirma el poeta más adelante: que en
el cielo los niños muertos son como un "elixir fresco". ..... Ahora el niño se siente tan extraño
en este otro mundo como antes se sintió en la Tierra. ¿Qué sera
lo que le espera en el más allá? ¿Habrá un nuevo aprendizaje?
Pero, sobre todo, ¿llegará por fin a comprender el mundo de los
adultos, ese que nunca comprendió en la Tierra? ("¿O debo decir
ahora / cómo está todo entre vosotros?"). Él no tiene
dificultades para entender las cosas (el arroyo, la taza del
desayuno, el juguete); al contrario, mientras estuvo en la
Tierra se movió entre ellos con la mayor familiaridad. Sin
embargo, sí tiene y tuvo problemas con los seres vivos. Desde el
más allá se da cuenta de que en la Tierra no sólo no entendió a
los adultos, sino tampoco a los animales. Es cierto que ha
podido reconocer al perro, a la vaca, al elefante, etc., pero
sus respectivas esencias se le escapan ("Tú, madre, ¿quién era
realmente el perro?"). Aunque, en rigor, todo es tan
sorprendente y maravilloso que hasta el hecho de haber
encontrado "bayas en el bosque" le parece ahora "un hallazgo
milagroso". ..... En la última
estrofa el niño manifiesta la esperanza de que otros niños
muertos vengan a jugar con él y recuerda cómo morían esos niños
que "nunca llegaban a sanar". También recuerda los últimos días
de su enfermedad ("Desde mi dolor de garganta pasó ya tanto
tiempo"). Curiosamente, en ese mundo donde él está ahora ya no
tienen sentido palabras como "sano" o "enfermo", porque los
niños muertos son "como un elixir fresco". Y el poema termina
con la misteriosa frase, que sigue a la anterior: "Pero no he
visto aún a los que nos han de beber". Toda esta última estrofa
transmite una atmósfera de infinita tristeza; tristeza porque el
niño se siente solo, tanto o más solo de lo que se sintió en la
Tierra, y por eso espera con ansias que otros niños muertos
vengan a jugar con él; tristeza también porque ese Dios
personal, anunciado en la primera estrofa del réquiem ("Aquel
que ahora me sostiene") se ha diluido en una pluralidad ¿de
dioses? ("los que nos han de beber"). Tristeza, por último,
porque Él o ellos todavía no llegan o al menos él no ha sido
capaz de reconocerlo(s) ("no he visto aún...").
OTTO DÖRR
ZEGERS
Otto
Dörr Zegers es médico-cirujano, Profesor Titular de
Psiquiatría de la Universidad de Chile, Jefe de Servicio
en el Hospital Psiquiátrico de Santiago y Miembro de
Número de la Academia de Medicina del Instituto de
Chile. Estudió Medicina en la Universidad de Chile, y se
formó como especialista en la Universidad de Heidelberg,
Alemania, donde fue alumno de Hubertus Tellenbach. Autor
de numerosas publicaciones sobre temas de la
especialidad en Chile y el extranjero, también ha
incursionado en campos colindantes con la psiquiatría,
como la filosofía, la antropología y la
literatura.
|
|
 |
|