.......... Hace cinco meses lo
llamé desde París para contarle que finalmente partía. "Busque al
Maharajá de Cachemira", me aconsejó. "Dígale que va de mi parte. Todo el
mundo lo conoce, no le será difícil ubicarlo". Y hace pocos días lo
volví a encontrar. Para hablar de India. La suya - la de un protagonista
que la vivió por nueve años- y la mía, la de un modesto observador de
paso, no alucinado. No más nos saludamos me dijo entre risas: "Ahora
está con aspecto de hindú...". Lo tomé como el cumplido que era, y
agregó: "sí, y de las castas más altas".
El color de la
India
.......... Dos anotaciones en
mi diario de recién llegado son útiles para ilustrar la obsesión hindú
por el color de piel. La primera en el tren superrápido entre Delhi y
Calcuta (19 de noviembre): "Hice amistad con Satirtha Ghosh, un
entusiasta de las caminatas por los Himalaya que sabía bastante de
Chile. Me preguntó por Tierra del Fuego y se ganó mi corazón. Dijo
también que yo no parecía chileno, sino inglés, y no quise desanimarlo
informándole que puede que aquí sea así, pero no en Londres...". Dos
días después en Darjeeling, La reina de las montañas: "Conversando con
el amistoso manager del teleférico (el más antiguo de la India) dijo no
saber que en Chile la gente tenía "fair complexion" tez clara. De nada
valió mi interrupción antirracista, pues no más concluida, él volvió a
lo suyo y afirmó que imaginaba a los chilenos más parecidos a los
indios". Tardarían un tiempo en llegar a mis manos las obras del
brillante escritor bengalí Nirad Chaudhuri, quien en "El Continente
de Circe" escribe: "Cualquier vicio que los hindúes antiguos puedan
haber poseído, la hipocresía nunca estuvo entre ellos (...). Entonces,
los hindúes de tiempos pasados (descendientes de los arios) nunca
disfrazaron su odio a los aborígenes, y no tuvieron peros en así
proclamarlo. Eran bastante kiplingianos y proclamaban: "Oh, oscuro es
oscuro y claro es claro, y nunca el par se deberá encontrar". Luego:
"Todos los hindúes modernos están obsesionados con la tez clara, y no
pueden ver belleza alguna en una persona que no sea blanca. Los hindúes
antiguos estaban libres de esta inhibición. Esto es significativo".
Chaudhuri afirma que a lo largo de su existencia en India "los hindúes
arios nunca han dudado en su lealtad y adhesión a cuatro cosas. De hecho
han adorado a las cuatro en diferentes maneras, y estas lealtades son
inherentes a su forma de vivir. Las cosas en cuestión son los Vedas, la
complexión racial clara, los ríos y las vacas".
......... En sus libros Miguel Serrano también
escribió sobre el complejo indio del color. Y ahora comenta: "Los
ingleses como colonizadores fueron un desastre. En el Africa preferían
meterse con las avestruces a meterse con una negra. En mis tiempos en la
India el hotel "Cecil" de la vieja Delhi tenía un letrero que prohibía
la entrada a perros y a hindúes. ¡Imagínese que los indios, en su propia
casa, permitían tal aberración! Era porque estaban brutalmente
humillados. Usted que estuvo en Sikkim, y que vio a esos príncipes
orgullosos de Sikkim (sólo en fotos, pero sí tenían majestad), pues
bien, cuando llegaban a estudiar a Oxford los ingleses procuraban
hacerlos sentirse inferiores. Sin ir más lejos, al White Club de
Londres, en St. James Street, quiso entrar el Maharajá de Jaipur y no se
lo permitieron. La reina alojaba en su palacio cuando visitaba India...
Yo vi un partido de polo entre el equipo del Maharajá y el del Duque de
Windsor... Creo que muy en su interior el hindú veía cierta lógica en
esta posición inglesa, pues es la que ellos habían mantenido antes de
mezclarse".
.......... Me anima la
primera frase de su respuesta. Los ingleses, desastre como
colonizadores. Según Dickinson, fueron sus compatriotas "de entre todas
las naciones los menos capaces de apreciar las virtudes de la
civilización india, y los más capaces de apreciar sus defectos". Es el
tono también de una reciente y definitiva investigación, "India. A
History", significativamente escrita por un escocés, JohnKeay. Ahí
se cita el caso de Thomas Babington Macaulay, quien, enviado a India a
principios del siglo XIX como Law Member on the Governor-General's
Council, luchó por el objetivo, según sus propias palabras, "de crear
una clase de personas indias en color y sangre, pero ingleses en gustos,
en opiniones, en morales y en intelecto. Quienes puedan ser intérpretes
entre nosotros y los millones que gobernamos". Más tarde añadía: "Un
solo estante de una biblioteca europea valía más que toda la literatura
nativa de India y Arabia..." Repito la cita a Miguel Serrano - con la
dulce premura del acusete- , y le pregunto si coincide conmigo en que lo
único bueno que dejaron los ingleses en India fue el idioma, que
facilita enormemente la vida del viajero. "Y no tan sólo eso", acota.
"Krishna Menon no hablaba hindú, sino que un dialecto del sur. El inglés
le permitía comunicarse con millones de sus compatriotas. Ahora,
retomando sus observaciones, le puedo contar que Indira Gandhi me
preguntó una vez: "¿Por qué los ingleses nos odian?", pregunta que le
salió del alma. Le respondí que por una razón sencilla: "Ustedes
contienen una tradición que ellos han perdido, la verdadera tradición
aria en la filosofía". El inglés nunca pudo penetrar ni la mente ni el
pensamiento indio. Y se sintió rechazado. El imperio inglés que llega a
la India, el de la East India Company, no fue un imperium, sino que fue
un imperio comercial manejado por piratas".
Reencarnación, Jung y
alucinados
.......... Miguel Serrano, el
chileno protagonista en India. Todo sería más fácil si él creyera en la
reencarnación. Así, bastaría con decir que en su vida anterior ya era
Maharajá. O Swami, o quizás Siddha. Como pocos occidentales, Serrano se
conectó con los personajes más relevantes de la India de su época (en
estos momentos su correspondencia privada con los que hicieron la
historia es revisada para una pronta publicación). Recuerdo que hace un
par de años asistí a la presentación de un libro sobre India en la Freer
Gallery, parte de la Smithsonian Institution, en Washington. Compré un
ejemplar y me puse en la fila en espera del autógrafo del autor. Cuando
llegó mi turno le dije que venía de Chile, y que tenía un amigo escritor
que sabía mucho de India. "Are you talking of Miguel Serrano?", preguntó
al instante, sorprendido. Sí, el mismo que partió a la India en una
búsqueda mística. La suya fue una misión. Encomendada por su Maestro.
Falló, pues los chinos le impidieron el ingreso al monte mágico, el
Kailás tibetano. Pero no completamente. "Además de que yo anhelaba
hallar las ciudades subterráneas de los Himalaya, los Siddha ashrams del
conocimiento milenario, avanzaba también tras el origen de la mitología
y de las leyendas de los pueblos nuestros de la Patagonia, especialmente
de los selk'nam de Tierra del Fuego".
- ¿Es posible para un
occidental creer y vivir en el concepto de la reencarnación?
-
Aunque digamos creer en la reencarnación, en el fondo de nosotros mismos
no creemos en ella, tenemos una sola vida. Y en esta vida se juega todo.
O se pierde todo. En cambio, si los hindúes afirmaran no creer en la
reencarnación sería una falacia. Está dentro de ellos mismos. Por lo
demás, la forma en que la reencarnación se traslada a Occidente, en sus
últimas y definitivas oleadas, adquiere un sentido pervertido. Cuando
Madame Blavatsky habla de reencarnación en el siglo XIX lo hace en un
sentido más bien novelesco. Por ejemplo "yo fui Napoleón"; o "ella fue
Popea". Pero nadie se reencarna en pordiosero. Sin embargo, la idea de
reencarnarse no es ajena a Occidente: los cátaros creían en ella. Ahora
¿qué tipo de reencarnación? La idea que presenta Nietzsche cuando habla
del "eterno retorno" es una reencarnación, pero una de tipo diferente.
Buda habla de la reencarnación, pero nunca habla del alma. Cuando le
preguntan sobre el alma no contesta. Entonces, ¿qué es lo que se
reencarna? Puede ser el eterno retorno.
- Cuando el profesor
Jung regresa de India le preguntan cómo fue su experiencia. El responde
que India para él fue "una gran disentería..."
- A mí se me
entregaron los originales manuscritos sobre su experiencia en India. El
consideraba al hindú un ser no individuado, arquetípico. No existía una
aventura individual. Cada personaje era un arquetipo de algo. Neruda me
decía acerca de mis empleados en la embajada: "Aquí no se puede hacer
nada. No puedo invitar a nadie aquí porque éstos lo están mirando todo,
en permanentemente escrutinio". Yo le respondí: "Es cierto, lo saben
todo, pero no lo usan". No está en ellos detenerse en el pequeño
detalle. Cuando se le ofreció a Jung entrevistarse con el Maharichi,
contestó: "no gracias... Para qué, si yo ya vi a Rama Krishna. Son todos
iguales. Son un arquetipo". A la vez, Jung pensaba que la yoga era
dañina para Occidente.
.......... El
escritor chileno sabe de las hordas de occidentales que visitan India en
búsqueda de un conocimiento que por ignorancia y actitud les será
siempre esquivo. En su tiempo las presenció. Le cito el caso lamentable
de Krishnamurti (usado y finalmente destrozado) a quien conoció.
Comenta: "Krishnamurti se perdió. Lo pescaron aquí, en Occidente y lo
deformaron. Lo mismo le sucede hoy al Dalai Lama. Los agarra la cosa
comercial. No son inocentes aquellos occidentales que van a distorsionar
con su intrusa presencia el orden antiguo de la sabiduría hindú. Esos
grupos místicos son todos de débiles mentales. Se vuelven loquitos, y
uno va encontrándose mujeres que están recitando mantras el día
entero... Eso es un absurdo". Lo inmutable es la devoción del hindú en
sus creencias. Lo describe Serrano en "La Serpiente del Paraíso"
cuando visita el Kumbh Mehla de Allahabad: "Cuatro millones de seres se
han reunido en la ciudad de Allahabad. Grandes torres de acero se
levantan para que desde ellas pueda contemplarse el espectáculo y
también para controlar ese mar humano. Aquí, en medio de todo esto, me
siento como una brizna, perdido, impulsado por un indefinible
sentimiento de respeto ante fuerzas que escapan a toda dirección y que
se mezclan, se unen: los astros, la tierra, el agua, el alma. Sigo
recorriendo con dificultad entre el gentío, arrastrado por sus olas.
Viene la procesión de los 'sadhus'. Avanzan desnudos, cubiertos de
cenizas, con rostros pintarrajeados, de color verde. Un enorme elefante
trae sobre su lomo a un jefe o 'gurú'. El elefante tiene sus patas
encadenadas y marcha balanceándose, cadencioso. Levanta su trompa y
resopla. El pelo del 'gurú' está trenzado en un moño inverosímil, rojo,
café, con azafrán y excrementos. Viene completamente desnudo. Es el dios
Shiva".
.......... Le cuento que en
febrero pasado el Kumbh Mehla de Allahabad reunió a treinta millones de
personas bañándose en la confluencia sagrada el mismo día. No se
sorprende. Le informo que ya no hay elefantes. Los suspendieron por las
estampidas que aplastaron a tanto peregrino. Y no más relatarle una
experiencia impresionante en la carpa de un gurú sadhu - fui objeto de
una transmisión telepática poderosísima- , le pregunto si él cree que
estos ascetas sabios sean todavía capaces de manejar técnicas de
conocimiento antiquísimas, que si fueran mal usadas serían terroríficas.
Me responde bajando la voz: "Claro, hombre. Todavía existe ese poder de
comunicación telepática, más allá de las palabras. Eso fue así y sigue
siéndolo. En los libros hindúes antiguos se llega a decir que los
"vimanas", o sea los discos volantes, eran manejados con el pensamiento.
El poder de la mente que se perdió".
.......... Miguel Serrano ya no tiene sueños con
los estrechos callejones multicolores de la India. A veces sueña con
personas, "con amigos entrañables, como fue Nehru, como fue
IndiraGandhi". Pero sí extraña: "Un mundo como debajo del agua, donde
las cosas suceden en tiempo diferente, y donde nadie se aburre, pues
están sumergidos en un inconsciente colectivo. El hombre no vive
totalmente en el presente. Tiene cinco mil vidas hacia atrás y otras
cinco mil por adelante; no hay apuro. El atractivo es inmenso, pues
implica un abandono momentáneo de nuestro Yo".
.......... Quien pisó la India la amó o la detestó.
Y si la amó - y la entendió- , el regresar le será mandatorio y
benéfico. Para cuando me llegue ese momento ya no tendré pudores de
colegial: lo primero que haré será llamar al Maharajá de Cachemira. Para
hablar de su India y de la de Miguel. La India de una "búsqueda
interior".
en El Mercurio, 8
de abril de 2001