Mientras la Biblioteca
Nacional rine homenaje a Blanca Varela, en España se acaba de editar su
poesía reunida. Aquí, una semblanza autobiográfica de nuestra
poeta
Texto:
BLANCA VARELA
..... Antes de escribir estas
lineas durante varios días dejé un papel en blanco sobre la mesa. Lo
miraba en las mañanas cuando salía a mis obligaciones, y allí estaba:
blanco, rectangular y vacío.
..... Cuando
regresaba por las noches continuaba exactamente igual. Nada lo había
alterado. Seguía en el mismo sitio: blanco, rectangular y
vacío.
..... Transcurrieron algunos días
y, finalmente, perdí las esperanzas y comprendí que nadie lo haría por
mí. Tenía que escribir lo que estoy leyéndoles. Estas pocas palabras en
las que he tratado con enorme dificultad de hablar sobre un tema que no
domino y que me produce un gran pudor: me estoy refiriendo a mi trabajo
de muchos años, a mi poesía.
.....
Encontrar una coherencia entre estos textos y las circunstancias en que
han sido escritos sería lo indicado. Ejercitar lo que Roger Caillois
llama "la imaginación justa". Es decir, poner los pies en algún lugar de
la realidad y repetir en este pequeño testimonio lo que creo haber
perseguido siempre con la escritura: no evadir la realidad sino
explorarla, encontrarle un sentido, convivir con ella,
asumirla.
..... Terminada esta frase, me
doy cuenta de mi pretensión, pues sé perfectamente que no lograré este
propósito, en la misma medida en que mi poesía tampoco lo ha conseguido
jamás.
..... Este acoso de la realidad al
que hago mención no es sino un pretexto más para continuar creyendo que
podemos librarnos de ella, de ser "otros" y no aceptar que es ella la
que produce nuestros fantasmas, obsesiones y deseos. Que es ella la
única que dicta nuestros crímenes o nuestros sueños.
..... Alguien ha dicho algo que para mí es cierto:
que la poesía es un vicio que se adquiere con la infancia. También es
cierto que algunos se curan con los años, y que otros quedamos enredados
para siempre en sus buenas o malas artes.
..... En mi caso particular todo comenzó desde muy
niña, como un juego secreto y obsesivo. Recuerdo claramente que no me
gustaba mucho lo que me rodeaba y que, al mismo tiempo, me gustaban
demasiado las palabras, su sinsentido, su música.
..... Recuerdo, también, que podía y solía repetir
una misma palabra durante mucho rato, palabras especiales que tenían una
rara fascinación en mis oídos y en mi mente. Las repetía si fatiga, las
decía al revés, tan rápido como me fuera posible. O demasiado despacio,
alargándolas, estirándolas, adelgazándolas. También podía usarlas para
lo que no se debía, o invertía sus sílabas o cambiaba sus acentos, sin
otra regla que mi humor o mi voluntad.
.....
Más tarde, cerca de la adolescencia, estas palabras -no las de
todos los días, sino las de mi pequeño juego- comenzaron a adquirir su
propio sentido y, cuando no lo encontraban, a reclamarlo.
..... Vinieron las frecuentes y numerosas preguntas
de esa edad, y la evidente sorpresa de los mayores. Nada ni nadie
conseguía aplacar mis temores ni satisfacer mis dudas.
..... Entonces, opté por responderme a mí misma,
buscándole una variación a mi viejo juego: escondiéndome en lo que se
podía llamar mi propio discurso, trataba de confundirme con algo o
alguien diferente y de hablar con otra voz en la que me esforzaba en no
reconocer la mía.
..... Así, poco a poco,
me fui aventurando en una región cada vez más imprecisa y delgada de mi
pensamiento. Siempre movida por estas pequeñas palabras y sonidos que
inventaba, aprendía a irme cada vez un poco más lejos de los objetos y
de los gestos y también aprendí a regresar acompañada por pequeños
objetos, extraños restos, fragmentos de cosas misteriosas y
aparentemente irreconocibles.
..... Con
estos intentos de poemas en mis cuadernos, pasé por la escuela y llegué
a la universidad.
..... Conocer a
Sebastián Salazar Bondy, recién llegada a la universidad y frecuentar a
través de él a un grupo de jóvenes poetas, fue toda una revelación para
mí y un cambio fundamental en mi vida. Lecturas, conversaciones y
discusiones apasionantes, comenzaron a llenar los días, las tardes y las
noches.
..... En contraste con mi
experiencia propiamente dicha de estudiante en un mundo de hombres
-experiencia que no fue especialmente grata ni fácil en el mundo de la
universidad peruana de mediados de los cuarenta-, mi entrada al grupo de
los jóvenes escritores que he mencionado fue absolutamente natural. De
inmediato me sentí aceptada sin reparos, no obstante mi escasísimo o
ningún mérito. Me prestaron los libros que leían y así fui descubriendo
autores deconocidos en lecturas voraces, incesantes, renovadas y muy
poco ortodoxas. Lecturas que no vinieron solas, sino acompañadas con un
interés común por la pintura, la música y el teatro.
..... Recuerdo aún las pálidas reproducciones que
nos permitieron descubrir el cubismo y confundir como se debe a Braque
con Picasso y a Picasso con Juan Gris. También aquellas largas sesiones
de música, escuchando por primerísima vez a Schöenberg o Bartok; y cómo,
no obstante la precariedad económica de nuestros bolsillos de
estudiantes, tratábamos de no perdernos el estreno de alguna pieza de
teatro que nos interesaba.
..... Pero esto
no fue todo, pues le debo a Sebastián Salazar Bondy algo más. Gracias a
él conocí, por primera vez también, a escritores de carne y hueso;
poetas y novelistas que caminaban por las calles de Lima. Los mayores,
los mejores, que siempre había admirado y mirado de lejos con un respeto
casi reverencial. Entre ellos, dos en particular: un novelista y un
poeta. O, mejor dicho, dos poetas quienes nos revelaron cosas muy
diferentes pero igualmente valiosas.
.....
Esta vez he hablado en plural porque creo que esta experiencia fue común
a toda mi generación.
..... Me estoy
refiriendo a José María Arguedas y a Emilio Adolfo Westphalen, y a sus
respectivas obras y personalidades. La poesía que escribo no sería la
que es sin esas dos influencias que jamás se me impusieron de manera
inmediata ni anecdótica, sino, más bien, en esa forma sutíl, misteriosa,
velada y alusiva, con que suele trabajar en nuestro subconsciente la
realidad: creando ecos, correspondencias y formas que la imaginación
puede trabajar y devolver trasmutados, convertidos en
escritura.
..... Si bien es cierto que ya
había tenido noticias, por pequeñas lecturas previas, de la existencia
histórica de André Breton y su grupo, Westphalen significó la
encarnación viva y próxima del surrealismo, su libertad y su rigor. El
mundo -mi mundo- se hizo mayor, más grande y respirable gracias a la
lectura de su poesía. No sólo era la belleza de las imágenes lo que me
seducía, ni lo insólito de ellas ni la posibilidad de encuentros con el
azar. Había en la lección de surrelismo que me daba Westphalen, algo que
trascendía la pura literatura, y que tenía que ver con la dignidad del
espíritu y de la inteligencia.
..... Por
otro camino, no fue menor ni menos importante la enseñanza de Arguedas.
Su manera de vivir, de hablar, de ver el mundo, y especialmente su obra
constituyeron la revelación de una verdad oscura, dolorosa e
impronunciable, con la que hemos nacido todos los peruanos, aunque
pretendamos ignorarla.
..... A él le debe
mi poesía no la forma ni la intención inmediata, sino su paisaje más
profundo, algo semejante a la sangre o las raíces. Algo que más tarde,
mucho más tarde, en París, se convirtió en mi primer poema legible y
adulto, al cual titulé en secreto homenaje a Arguedas: "Puerto
Supe".
. ....He mencionado París, que fue
una etapa definitiva de mi aventura. A partir de allí, de París, ya no
pude volver atrás.
..... Siempre he
pensado que el destino ha sido demasiado generoso conmigo, en lo que se
refiere a mi vocación por la literatura, pues siempre la ha alimentado
con extraordinarios encuentros y amistades. Existen, es verdad, un
instinto y un azar "electivos". Sólo así puedo explicarme también por
qué tuve la suerte de toparme durante aquel frío y oscuro invierno de un
París de posguerra con una persona como Octavio Paz. Sin su ejemplo,
jamás hubiera perseverado en mi empeño de escribir poesía, o tal vez
hubiera pasado a su lado maltratándola, confundiéndola, traicionándola.
Y en verdad no me estoy refiriendo en absoluto a los resultados, sino a
la intención que se puede o debe tener frente a ella. Intención
presentida ya en la actitud de Westphalen.
..... A través de Paz y del poeta nicaragüense
Carlos Martínez Rivas, comprendí y aprendí que la poesía es un trabajo
de todos los días, y que no la elegimos sino que nos elige, que no nos
pertenece sino que le pertenecemos, que no es otra cosa que la realidad
y a la vez su únca y legítima puerta de escape.
..... En un ensayo, en el que se refiere
precisamente a esa época, Octavio Paz ha contado cuál fue la experiencia
de un grupo de personas, escritores y artistas en su mayoría
latinoamericanos, que compartió con él aquellos tiempos poco felices que
significaron los años inmediatamente posteriores a la última guerra.
Habla de un túnel largo que se abrió ante nosotros, un túnel que
exploramos juntos "como se explora un continente desierto, una
enfermedad, una prisión".
..... Es verdad,
como lo dice, que aprendimos no sólo a conocer nuestro túnel, sino
reconocerlo y aceptarlo. Algunos usamos la poesía, y la continuamos
usando todavía con ese propósito. Se trataba y se trata de darle nombre
a todas las sombras, a todos los fantasmas de ese túnel; de
domesticarlos con la palabra o con el canto, de confundirnos con ellos,
de ser ellos, de asumirlos.
..... Para mí
no fueron tan claras las cosas en un primer momento. Sumé mi pequeña voz
a ese coro de los mejores. Los imité. Desentoné como se debe, seguí
escribiendo.
..... Si es cierto que conocí
al Breton de los libros y los manifiestos por obra de Westphalen, la
amistad de Paz me permitió acercarme a él de otra manera y sentarme a su
mesa en el café de la Place Blanche. Allí pude escucharlo a mis anchas y
admirar la majestad leonina de sus gestos y de su mirada.
..... Pero París tenía que acabarse. Era como si se
hubiera terminado, agotado un tiempo, un ciclo, y que en otro lado del
mundo, justamente desde donde había partido, en el Perú, me estuviera
esperando lo que precisamente había salido a buscar. Florencia fue la
ciudad de salida, la de los adioses, la de las mejores revelaciones, que
siempre, hélas, son las últimas. Pero no se trata de un regreso forzado
sino de una elección alimentada por un propósito.
..... Propósito de preservar una recién nacida
identidad, que tenía que ver profundamente con lo que estaba tratando de
expresar con mis poemas.
..... Fue también
por eso, seguramente, que ya desde antes había estado tratando de no
perderme en el vértigo de aquellos tiempos, de no ser devorada por un
mundo que me era extraño, con otra lengua, otras costumbres, otros
dioses y otros muertos.
..... En aquel
trance había echado mano a lo único que, en ese magnífico caos, reconocí
como mío: mi memoria. Y traté de recordar los cantos peruanos,
lejanísimos y misteriosos de Arguedas, y de nombrar y recrear mis
paisajes de infancia, y llevar mis animales y mis astros, enormemente
altos y distantes, hasta mi pequeña ventana de la Rue de Laneau, en
pleno Barrio Latino.
..... Lo que pasó
después, lo demás, si no está escondido entre mis poemas, está entonces
definitivamente perdido. Hablo de lo que hace la vida de cualquier
persona, de cualquier mujer, como es mi caso. La casa, el amor, los
niños, la lectura, la música, los viajes, la ciudad, y también el tedio,
el dolor, la impotencia, la soledad y el silencio.
en EL DOMINICAL, Perú, 5 de
agosto 2001
DIÁLOGO
él abre la
boca es roja por dentro ella abre los ojos su córnea es
blanca como la luna
se está
quieta la córnea luna iluminando apenas la bienamada
encía
adentro con
silencio a boca cerrada a oscuras habitan
ambos
Poema tomado
del libro "El falso teclado", aparecido por primera vez en la
poesía reunida.
"DONDE TODO
TERMINA ABRE LAS ALAS" Blanca Varela Galaxia Gutenberg,
Círculo de Lectores, 2001
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