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Paréntesis (Extracto)
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.. .Paréntesis, publicada en
1974, fue finalista del Premio Barral de Novela ese mismo año. En
su primera edición contiene un prólogo de José Donoso.
..... "Paréntesis" es, ante todo, una deslumbrante lección
formal. En el espacio de una acotación -un paréntesis- cuatro voces
narrativas se persiguen, se intercambian, establecen contrapuntos,
fugas, complicidades. El único plano que no alcanzan -y esa
imposibilidad es deliberada- es el de la coincidencia: la historia
que pretenden narrar está siempre más allá, es otra, admite otra
síntesis, otras voces que intentarían la insensata, la infinita
tarea de contarlo todo en una palabra. Como la derrota está en el
punto de partida y no el resultado, la novela de Wacquez se sitúa en
el límite frágil y atormentado de la experiencia literaria, no es el
amor sino el vacío que deja su imposibilidad, no es la sintaxis sino
las vueltas en redondo en el laberinto de los significados. No la
novela que leemos, sino el espacio autónomo que ella convoca para
convocarnos en la
ausencia.
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(...) Isabelle era, como
te dije, un símbolo de algo que, estaba seguro, nunca conocería, me
dejaba proteger por ella sin dejar de pensar que la verdad estaba
detrás, encubierta por esas miradas de falsa simpatía y por esa calmada
seguridad con que me vigilaba, pero yo no me engañaba, resistía a
cualquier atadura, pues sabía que después de Isabelle existiría una vida
más libre y más verdadera, salía solo, con el perro, atravesábamos el
parque y las granjas y nos internábamos en el campo, ¡ah!, en medio de
esos árboles me sentía yo mismo, íbamos casi siempre al mismo sitio, se
podría decir que era un lugar sagrado, con un árbol que tenía mi nombre
en medio de un claro de bosque, yo estaba seguro que ese sitio me
pertenecía y no los otros, los que veían y aprovechaban los demás, ese
sitio era mi única fortuna y mi refugio, yo, que había nacido poseyendo
por derecho la propiedad de todo ese dominio, sólo me sentía sereno en
lo más secreto y escondido del bosque, donde nadie me veía, para
abreviarte, allí me sentía aislado, con permiso para soñar o imaginar
sueños felices, y mi niñez se alimentaba de aquella soledad, esa niñez
que no tardaría en trizarse un día de mis trece o catorce años, el día
en que iba por el bosque con el perro y vimos en las cercanías de mi
refugio un caballo blanco amarrado a un árbol, al verlo sentí rabia, una
sorda rabia por la violación de ese lugar, por la violación de mí mismo,
sujetando al perro me lancé a la carrera, dispuesto a castigar al
intruso como fuera, pero en ese momento los vi, brutalmente unidos sobre
la hierba del claro, ella desnuda y él vestido, demasiado absortos en sí
mismos para darse cuenta de que no estaban solos, no sé lo que sentí, un
vacío, una acidez en la garganta, una conmoción que me impidió caminar,
me dejé caer en el sendero y atraje el perro contra mí, durante mucho
rato los miramos fascinados como se debatían sollozando, murmurándose
frases que no comprendía pero que eran frases dulces, dulcisimas, dichas
al oído de ella, sobre su piel sudorosa o en medio de su boca ávida, el
terror me tenía clavado contra la tierra, incapaz de reaccionar sentía
que la sangre había abandonado mi cuerpo, iba a morir, pensé, ahogado
por aquella emoción y por el silencio que sólo quebraba el arrullo dulce
y doloroso que salía de la garganta de él, hasta que finalmente vi que
se sosegaban, que una paz parecida a la muerte descendía sobre ellos,
permanecieron abrazados, ella con los ojos cerrados, él escondiendo el
rostro en el cuello de ella, fue entonces y no sé por qué razón que la
rabia volvió en mí y en una fracción de segundo me puse de pie y azuce
al perro, al principio no se percataron bien de lo que sucedía, él se
volvió a mirar hacia donde yo estaba y se levantó de un salto, así vi su
naturaleza a plena luz, por la primera vez, cosa que me dejó paralizado
de horror, con un inexpresable deseo de desaparecer, de no estar, pero
yo ya había gritado y el perro corría a atacarlo, fue un tiempo muy
corto, aunque suficiente para que él arreglara sus ropas y sacara un
cuchillo, para que ella tomara una capa y corriera a refugiarse entre
los árboles, el perro ya saltaba y él lo esperaba con las piernas
separadas, el cuchillo en la mano y los ojos fijos en la dirección del
salto, tanexpectante y en tensión como antes había sido tierno y
abandonado a las caricias de la mujer, con un movimiento rápido esquivó
el ataque y se volvió, yo lo observaba desde el sendero, inmóvil, sin
poder gritar ni llamar al perro, ni pensar, observaba la danza del
animal con el homre, revolcándose sobre la hierba, unidos por un
sorprendente espasmo de lucha, pensé en la escena anterior entre el
homre y la mujer ya de repente la lucha cesó y, como antes, el hombre
permaneció inmóvil, echado junto al animal y en silencio, cuando se
levantó, vi que la sangre le cubría las manos y el rostro, sus ropas y
la hierba, me miró desde donde estaba y alzó el perro tomándolo por la
cabeza, entonces, nuevamente se animó y presa de una furia irreprimible,
comenzó a cortar, a cortar, hasta que separó la cabeza del tronco
palpitante y la levantó como un trofeo sobre su cabeza, sin embargo, por
detrás de esos movimientos había algo que se mantenía fijo, su mirada,
fría tranquila, me miraba acezando, cubierto de sudor, pero sus ojos
permanecían helados, con la silenciosa mirada que después llegué a
conocer y a amar tanto, me miraba despiadadamente mientras se dirigía
hacia mí, tuve tiempo de reconocer esos ojos que me penetraban mientras
Roger avanzaba, dentro de mí me decía que debía huir, escapar de ese
sitio de pesadilla, pero no, él se aproximaba y yo permanecía
inmovilizado por su mirada, ants de llegar y viendo probablemente que yo
quería escapar comenzó a hablar bajito, murmurando no te vayas, no
temas, llegó cerca de mí y lanzó la cabeza del perro a mis pies, yo di
un salto y él me agarró en el instante que comenzaba a correr, caímos
juntos, rodando por el sendero y me sujetó los brazos y las piernas, se
puso sobre mí diciendo, no temas, ¿por qué te tienes que ir? ¿de dónde
eres? y entonces, creyendo que me iba a hacer lo mismo que le había
hecho a la mujer, comencé a llorar, comencé a llorar al escuchar la voz
porque creí que me decía esas palabras para que yo me abandonara como la
mujer, ¿de dónde eres?, me decía, no temas, no tienes nada que temer, y
yo continuaba llorando, más que todo porque de pronto me vi lleno de
sangre, él y yo estábamos llenos de sangre, y no podía parar de llorar,
el miedo había desaparecido y me daba cuenta de que estaba llorando por
la primera vez (...)
imagen: Mauricio Wacquez, foto
publicada en revista Hoy en 1981
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